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Blog de Jean Paul Benavente

Articulos:

Turismo en Cusco:
Un Potencial Económico que Necesita Competitividad e Inclusión

La región Cusco, corazón del turismo en el Perú, no solo alberga Machupicchu y el legado de los incas, sino también un clúster en consolidación de la industria turística.

La discusión se centra en los verdaderos beneficios que el turismo genera para la población cusqueña, en un contexto donde predomina un modelo concentrado y poco competitivo.

Brechas que preocupan

Estudios de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco muestran fuertes asimetrías entre empresas. Las firmas formales generan ingresos en promedio 26% mayores que las informales.

Además, el 70% de las empresas registra ventas por debajo de 13 UITs anuales, convirtiéndose en unidades de subsistencia.

La informalidad y su impacto

Cerca del 67% de las unidades económicas del sector turístico son informales, limitando la recaudación fiscal y la sostenibilidad del desarrollo regional.

¿Existe un clúster turístico en Cusco?

Aunque existen elementos de aglomeración económica, la cooperación empresarial es baja, dificultando la consolidación de cadenas de valor inclusivas.

Conclusión

El turismo puede ser una verdadera palanca de desarrollo para Cusco, pero requiere gobernanza eficiente, articulación empresarial y compromiso con la inclusión económica.

Turismo en Cusco:
Motor de Desarrollo Inclusivo para el Perú del Futuro

En un contexto nacional marcado por la desaceleración económica, la alta informalidad laboral y la necesidad urgente de diversificar la matriz productiva, el turismo se presenta como una alternativa estratégica para impulsar el desarrollo territorial, generar empleo y fortalecer la identidad cultural. El estudio “Impactos del Turismo en la Región Cusco”, elaborado por la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco (UNSAAC), plantea un enfoque innovador para medir con precisión el impacto económico del turismo en espacios subnacionales, a través de la Cuenta Satélite del Turismo.

El Caso Cusco: Cifras que Hablan por Sí Solas

Según la investigación, el turismo en la región Cusco genera más de S/ 3 mil millones anuales y supera los 100 mil empleos directos e indirectos, convirtiéndose en uno de los principales motores económicos de la región. Sin embargo, el valor de este trabajo no reside únicamente en las cifras, sino en la metodología aplicada: un modelo de medición estandarizado, basado en los criterios de la Organización Mundial del Turismo (OMT), que permite una lectura precisa y territorializada del impacto turístico.

Este enfoque rompe con la lógica centralista de las estadísticas macroeconómicas nacionales y propone una alternativa concreta para que regiones como Cusco, y muchas otras del país, puedan diseñar políticas públicas basadas en evidencia.

El “Espacio Turístico”: Más Allá de Machupicchu

Uno de los conceptos clave del estudio es el de espacio turístico, entendido como la suma de rutas, corredores, circuitos y distritos que concentran el flujo de visitantes y la oferta de servicios turísticos. En el caso cusqueño, se identificaron 47 distritos con actividad turística activa, aunque solo el 30% de los atractivos turísticos registrados están realmente en uso.

Este hallazgo revela un alto grado de concentración en torno a Machupicchu, lo que genera desequilibrios territoriales y oportunidades desaprovechadas en otras zonas con igual o mayor potencial cultural, ecológico y comunitario.

Problemas Estructurales: Informalidad y Débil Gobernanza

A pesar de los beneficios económicos, el estudio advierte una serie de problemas que limitan el desarrollo integral del sector:

    Informalidad empresarial generalizada, especialmente en micro y pequeñas empresas turísticas (MYPES).

    Falta de articulación entre instituciones públicas y privadas para el levantamiento y uso de datos.

    Dependencia excesiva de un solo atractivo (Machupicchu), que genera cuellos de botella y reduce el potencial de diversificación.

    Debilidad institucional en gobiernos regionales y locales para implementar políticas turísticas efectivas.

Estas limitaciones evidencian la necesidad urgente de profesionalizar la gestión turística y fortalecer las capacidades estadísticas e institucionales a nivel subnacional.

La Cuenta Satélite de Turismo: Una Herramienta para Gobernar con Datos

El estudio propone como solución la aplicación de la Cuenta Satélite del Turismo (CST), una herramienta estadística que permite cuantificar con precisión el aporte del turismo al PBI, al empleo y al consumo interno, con base en estándares internacionales.

Para Cusco, se desarrollaron tres tablas clave:

    Consumo turístico interior, que mide el gasto de los visitantes.

    Cuentas de producción, que identifica las industrias que producen bienes y servicios turísticos.

    Empleo en las industrias turísticas, con datos desagregados por sexo, tipo de empleo y jornada.

Estas mediciones no solo permiten conocer el peso real del turismo en la economía regional, sino que también orientan decisiones de inversión, financiamiento y promoción más eficientes y equitativas.

Relevancia Nacional: Un Modelo Replicable

La experiencia de Cusco, más allá de sus particularidades, representa un modelo replicable para otras regiones del Perú. En un país con grandes desigualdades territoriales, diversificación productiva limitada y escasa planificación basada en evidencia, aplicar herramientas como la CST permitiría:

    Descentralizar el crecimiento económico, promoviendo el desarrollo de destinos emergentes.

    Incluir a las MYPES en cadenas de valor más estables y formales.

    Diseñar políticas públicas con enfoque territorial, inclusivo y sostenible.

El estudio también sugiere que infraestructuras como el nuevo aeropuerto de Chinchero podrían facilitar la redistribución de flujos turísticos y fortalecer rutas alternativas, reduciendo la presión sobre Machupicchu y ampliando las oportunidades en otras provincias.

Conclusión: Turismo como Política de Estado

El turismo no debe ser visto únicamente como una actividad económica, sino como una verdadera estrategia de desarrollo sostenible. Para ello, es necesario pasar de discursos a políticas concretas: profesionalizar la gestión turística, fortalecer la gobernanza territorial y, sobre todo, medir para decidir.

La experiencia de Cusco demuestra que es posible avanzar hacia un turismo más competitivo, inclusivo y descentralizado. Lo que falta es voluntad política, visión territorial y compromiso con el desarrollo.

El Perú necesita tomar al turismo en serio. Cusco ya ha dado el primer paso.

Diversificación productiva en el Perú:
una necesidad urgente en tiempos de estancamiento económico

En un Perú que enfrenta un crecimiento económico negativo y una preocupante dependencia de sus recursos naturales, se vuelve urgente repensar el modelo económico primario-exportador que ha dominado durante décadas. El informe “Diversificación productiva y renta extractiva en el Sur Andino” ofrece una radiografía clara de esta problemática, centrándose en tres regiones clave: Apurímac, Arequipa y Cusco.

La trampa de la volatilidad extractiva

El estudio revela que la economía peruana está atrapada en un ciclo de alta volatilidad debido a su dependencia de la minería. El precio internacional del cobre, por ejemplo, tiene un peso desproporcionado en el comportamiento del PBI, lo cual genera ciclos de auge y recesión que afectan la inversión, el empleo y el bienestar social. Este fenómeno no solo frena la diversificación económica, sino que también perpetúa conflictos sociales y deteriora la calidad institucional.

Gobernanza débil y oportunidades desperdiciadas

Aunque las regiones reciben cuantiosos recursos por concepto de canon y regalías (hasta el 28% de los ingresos públicos), la falta de institucionalidad y la baja capacidad de ejecución de políticas productivas hacen que estas rentas no se traduzcan en desarrollo sostenible. El documento critica la escasa articulación entre gobiernos subnacionales, el sector privado y la sociedad civil, y plantea que las Agencias Regionales de Desarrollo (ARD) deben fortalecerse como espacios de gobernanza territorial.

Cadenas productivas: el camino hacia un desarrollo con rostro local

El informe identifica sectores no extractivos con alto potencial de crecimiento en el Corredor Minero del Sur: agroindustria, turismo, textiles y productos medicinales. Sin embargo, estos sectores enfrentan cuellos de botella debido a la informalidad, la falta de innovación tecnológica y una débil cultura emprendedora. Pese a ello, se plantean estrategias como la diversificación desde los sectores extractivos mediante clusters mineros o la inversión en innovación y capital humano.

¿Qué camino debe seguir el Perú?

Para salir del estancamiento, el país necesita:

    Reformular su estructura productiva, priorizando actividades de mayor valor agregado.

    Fortalecer la gobernanza multiactor, institucionalizando las ARD con participación activa del Estado, sector privado, academia y sociedad civil.

    Redirigir los ingresos mineros hacia proyectos estratégicos de diversificación e innovación.

    Promover un desarrollo territorial inclusivo, que integre a las zonas rurales y periféricas en la economía nacional.

Conclusión

La diversificación productiva no es un lujo, es una necesidad. Perú no puede seguir dependiendo de ciclos de precios internacionales para sostener su economía. La pandemia y la actual recesión lo han dejado claro: sin políticas firmes, sin gobernanza efectiva y sin inversión estratégica en sectores productivos alternativos, el desarrollo seguirá siendo una promesa postergada.

Machu Picchu no se vende:
el fin de un monopolio turístico y la oportunidad para los cusqueños

Durante casi tres décadas, el Hotel Sanctuary Lodge operó junto a la ciudadela inca de Machu Picchu bajo un contrato de usufructo que hoy genera más preguntas que respuestas. Mientras el turismo creció exponencialmente, los beneficios para el Cusco y sus comunidades han sido mínimos. En mayo de 2025 vence ese contrato. Esta es la oportunidad para que Machu Picchu deje de ser un negocio para unos pocos y se convierta en un motor de desarrollo para todos.

Un contrato cuestionado desde su origen

En 1995 se otorgó una concesión del Hotel de Turistas por 20 años. Cuatro años después se convirtió en usufructo, con facultades ampliadas para la empresa operadora. Y en 2013, sin autorización del Consejo Regional y sin inscribirse en registros públicos, se firmó una adenda que extendió el contrato hasta 2025. Todo esto sin que el Gobierno Regional recibiera directamente los ingresos que, por justicia, debieron beneficiar a la región.

Millones que no llegaron al Cusco

Antes de la pandemia, el Sanctuary Lodge generaba entre 10 y 11 millones de dólares anuales. Sin embargo, estos ingresos iban al Tesoro Público y no a las comunidades cercanas ni a la conservación del patrimonio. De hecho, los beneficios directos para el Cusco han sido escasos y mal distribuidos. La empresa ganó, mientras las comunidades siguieron esperando.

No más extensiones ni privilegios

La empresa ha pedido una ampliación de 64 meses, argumentando pérdidas por la pandemia y conflictos sociales. Pero el compromiso firmado fue claro: no extenderse ni un día más del 16 de mayo de 2025. Ceder ahora sería renunciar a la posibilidad de corregir un modelo injusto.

Una nueva visión para Machu Picchu

El fin del contrato debe ser el inicio de una nueva etapa. Transformar el actual hotel en un Ecolodge con Centro de Interpretación permitiría educar al visitante, reducir el impacto ambiental y enriquecer la experiencia turística. A la vez, una licitación internacional podría atraer operadores que respeten el patrimonio y redistribuyan los ingresos de forma equitativa.

Turismo con rostro local

Los recursos generados por el turismo deben invertirse en la recuperación del patrimonio inmaterial, en proyectos sostenibles y en mejorar la calidad de vida de los cusqueños. Esto no solo es justo, sino estratégico: los turistas del futuro buscan autenticidad, respeto por el medio ambiente y experiencias humanas, no solo fotografías.

Conclusión: el Cusco decide

En un país que lucha por recuperar su soberanía sobre sus recursos, Machu Picchu no puede seguir siendo un enclave privado. El contrato del Sanctuary Lodge debe terminar como se acordó. Y en su lugar debe construirse un modelo que combine conservación, justicia y desarrollo. Porque Machu Picchu es de todos, y su futuro también debe serlo.

Del gas de Camisea
a la soberanía energética del Perú

Hablar de soberanía y seguridad energética en el Perú no es un debate técnico. Es un debate político sobre desarrollo, equidad territorial y futuro productivo.

Han pasado casi dos décadas desde que se inició la explotación del gas de Camisea, ubicado en la región de Cusco. Hoy el gas natural es la principal fuente de energía del país y explica más del 40 % de la electricidad que consumimos. Sin embargo, su uso sigue concentrado en la generación eléctrica, mientras que los hogares y la industria continúan dependiendo del diésel, las gasolinas y el GLP.

Este es el primer gran problema: el gas no se ha masificado. Apenas alrededor de 10 regiones cuentan con redes domiciliarias y el número de conexiones está muy por debajo de las metas trazadas hace más de una década. La propia región productora, Cusco, sigue sin gas natural en los hogares. En la sierra y la selva, más del 40 % de la población rural continúa cocinando con leña y bosta.

Eso no es transición energética. Es pobreza energética.

A este problema se suma una debilidad estructural aún más grave: la alta dependencia de una sola infraestructura troncal de transporte (El gasoducto actual, que fue subsidiado y construido con recursos de la población peruana). El sistema gasífero peruano es frágil frente a fallas técnicas, conflictos sociales o decisiones contractuales. La seguridad energética no puede descansar en un solo ducto.

Además, el país enfrenta un límite real de reservas. A fines de 2025, el Perú dispone de alrededor de 7 TCF de gas natural y consume aproximadamente 0.5 TCF por año. En el mejor de los escenarios, los lotes actualmente en producción garantizan gas por poco más de una década.

Este dato es clave: el gas no es una solución permanente. Es un combustible de transición.

Arquitectura contractual y renta del recurso

En ese contexto, resulta indispensable revisar la arquitectura contractual del sector. Mientras los lotes históricos del proyecto Camisea pagan regalías cercanas al 38 %, los lotes 57 y 58 —donde participa la empresa china China National Petroleum Corporation— operan con regalías contractuales del 5 %. El Lote 57 es explotado junto con Repsol Exploración Perú y el Lote 58 iniciará producción en 2026.

No se trata de cuestionar la inversión privada. Se trata de discutir, con seriedad, cómo se distribuye la renta de un recurso estratégico.

El gas natural ha generado más de 67 mil millones de soles en regalías e impuestos. De ese total, más de 33 mil millones llegaron a Cusco por canon y transferencias. Pero una cifra equivalente también ingresó al Gobierno nacional. El problema no es la magnitud del recurso. El problema es que sus beneficios no se han traducido en acceso energético ni en transformación productiva del territorio.

La provincia de La Convención y distritos como Megantoni o Echarati son ejemplos claros: han recibido recursos históricos, pero siguen sin gas domiciliario.

A esto se suma un serio déficit de gobernanza. Durante largos periodos, el sector operó sin viceministro y sin dirección técnica estable en hidrocarburos dentro del Ministerio de Energía y Minas. Sin conducción política y técnica, no hay política energética posible.

El sistema eléctrico y la estrategia territorial

El sistema eléctrico tampoco está alineado con una estrategia territorial del gas. El orden de despacho definido por el Comité de Operación Económica del Sistema Interconectado Nacional prioriza las renovables, la hidroelectricidad y luego las termoeléctricas de gran escala. En la práctica, esto desincentiva la instalación de centrales a gas de menor tamaño en regiones del sur, lo que debilita la viabilidad económica de un gasoducto descentralizado.

Por eso, el problema de fondo no es solo técnico. Es estratégico.

Más preocupante aún es que el país no cuenta con un plan integral de diversificación energética. El gas sigue siendo tratado como un fin en sí mismo y no como un puente hacia una matriz más limpia, más descentralizada y más segura.

El Perú tiene un enorme potencial solar, eólico e hidráulico. Sin embargo, la expansión de energías renovables no convencionales continúa siendo lenta y fragmentada.

La soberanía energética no se logra solo con reservas. Se logra con diversificación, con infraestructura territorial y con un Estado que oriente el desarrollo.

Una propuesta desde “Primero la gente”

Desde una visión de desarrollo energético con equidad territorial, planteamos tres ejes claros.

Primero, rentabilidad territorial y económica

Es indispensable destrabar, con respaldo legal, el Proyecto Sistema Integrado de Transporte de Gas – ex Gasoducto Sur Peruano – y, de manera complementaria, promover soluciones flexibles de transporte, regasificación y redes regionales. El sur, la sierra y la selva no pueden seguir dependiendo de una sola infraestructura costera.

Segundo, rentabilidad social

Sin una verdadera nivelación tarifaria, la masificación del gas seguirá siendo un discurso. Todos los peruanos deben pagar una tarifa similar a la de Lima. Para una familia promedio, el recibo mensual debería bordear los 30 soles. Esto exige una reforma normativa explícita y un esquema de subsidios energéticos modernos, focalizados y transparentes.

Tercero, diversificación energética real

Proponemos construir al menos una central de generación renovable en cada departamento, incorporando soluciones de almacenamiento con baterías de ion-litio. Para ello, FONAFE y las empresas eléctricas del Estado deben asumir un rol activo en la estructuración de proyectos, asociaciones público-privadas y financiamiento internacional.

El objetivo es incorporar, en los próximos cinco años, alrededor de 5 000 MW de nueva capacidad renovable al sistema eléctrico nacional.

El gas natural debe cumplir su verdadero rol: impulsar la industrialización, reducir la pobreza energética y acompañar la transición. Pero la soberanía energética del Perú no se construirá mirando únicamente al subsuelo. Se construirá, sobre todo, apostando por el sol, el viento, el agua y un Estado capaz de planificar su futuro.

La seguridad energética es desarrollo. Y el desarrollo, en el Perú, debe empezar —por fin— desde los territorios.

Descentralización fiscal:
sin recursos no hay Estado en el territorio

La descentralización política, administrativa y fiscal que el Perú inició a comienzos de este siglo no fue un error ni una improvisación. Fue una decisión de Estado: acercar el poder público a la gente, trasladar competencias reales a los gobiernos regionales y locales, y hacer más eficiente la provisión de servicios públicos en todo el territorio.

Su objetivo fue —y sigue siendo— uno solo: que los servicios del Estado lleguen mejor, más rápido y con mayor calidad a las personas, allí donde viven.

La descentralización fiscal es la columna vertebral de ese proceso. Significa que los gobiernos subnacionales cuenten con recursos propios o con transferencias estables desde el nivel nacional, para administrar un presupuesto y responder a las necesidades de su población. Y sí: bien diseñada, la descentralización fiscal genera crecimiento económico, dinamiza los territorios y fortalece la institucionalidad pública.

El fondo del debate

Pero vayamos al fondo del debate.

¿La descentralización ha mejorado los servicios públicos? ¿Ha mejorado la calidad del gasto? ¿Debe eliminarse el nivel regional de gobierno?

Estas preguntas no son técnicas. Son profundamente políticas.

Durante años se ha instalado una narrativa centralista según la cual la descentralización fracasó. Que los servicios no llegan. Que los gobiernos regionales no sirven. Que la solución es recentralizar el gasto en salud y educación. Que hay que restringir aún más a las municipalidades porque son incapaces o corruptas.

Ese discurso no busca corregir la descentralización. Busca desmantelarla.

Y se equivoca de diagnóstico.

Descentralizar no es crear más oficinas. Descentralizar es cambiar la vida concreta de las personas.

Descentralización es que tus hijos puedan estudiar en tu propio departamento y recibir una educación de la misma calidad que en Lima.

Descentralización es que no tengas que viajar a la capital para una atención médica especializada, porque tu región cuenta con profesionales y equipamiento adecuados.

Descentralización es que tu territorio conozca, gestione y aproveche su propia capacidad económica.

Un ejemplo claro: Cusco

Tomemos un ejemplo claro: Cusco.

En esta región operan grandes empresas mineras, importantes cadenas hoteleras y de transporte ligadas al turismo, y también la empresa que explota el gas de Camisea. Sin embargo, la mayor parte de los tributos generados por estas actividades se declaran y se pagan en Lima.

Eso no es descentralización. Es centralismo fiscal.

Descentralizar implica sincerar el domicilio fiscal de las actividades económicas para conocer cuánto se recauda realmente en cada territorio. Y hacerlo no debilita el rol rector del Gobierno Nacional ni del Tesoro Público. Por el contrario, fortalece la gobernanza fiscal del país.

Pero descentralizar también es reconocer que no todos los territorios tienen la misma capacidad de generar ingresos. Por eso, los fondos de compensación no son un privilegio: son un instrumento de equidad territorial.

Descentralizar es generar predictibilidad. Es que los gobiernos regionales y locales puedan planificar su inversión y no vivir —como hoy— a la espera de transferencias de último momento que obligan a gastar mal, rápido y sin impacto.

Descentralizar, incluso, es una herramienta poderosa contra la informalidad. Cuando el ciudadano ve que sus impuestos regresan en servicios concretos en su propio territorio, entiende que cumplir sí vale la pena.

Por eso lo digo con claridad: la idea de que el Perú estaría mejor volviendo al modelo centralista es falsa. Con todos sus errores y limitaciones, la descentralización ha sido superior al esquema anterior.

El problema no es que descentralizamos. El problema es que lo hicimos a medias.

El verdadero reto

Hoy, el verdadero reto es político e institucional:

  • consolidar claramente las competencias de cada nivel de gobierno;
  • consolidar los ingresos fiscales de regiones y municipalidades para incentivar el esfuerzo recaudatorio y la buena programación presupuestal;
  • reformar los sistemas administrativos con una mirada descentralista;
  • reorganizar los gobiernos subnacionales para que la eficiencia sea un instrumento real de política pública;
  • y fortalecer, de manera decidida, la meritocracia en el servicio civil territorial.

Sin un Estado fuerte en las regiones, no hay país integrado.

El corazón de la reforma: FONCOMUN y FONCOR

Si queremos que la descentralización funcione, debemos resolver su principal debilidad: la fragilidad de su financiamiento.

Por ello, planteamos una reforma estructural al Fondo de Compensación Municipal y al Fondo de Compensación Regional.

Los recursos del FONCOMUN y del FONCOR se consolidan como transferencias automáticas provenientes de dos puntos porcentuales del IGV, conforme al marco legal vigente, y se integran en un esquema estable de coparticipación fiscal entre:

  • el Gobierno Nacional,
  • los Gobiernos Regionales,
  • y los Gobiernos Locales.

En términos simples: de los 18 puntos del IGV, se asignan 2 puntos para los gobiernos regionales y, de manera progresiva, 2 puntos para las municipalidades.

Esto no significa crear un nuevo impuesto ni debilitar la caja fiscal del Estado. Significa reordenar las fuentes de financiamiento del gasto subnacional.

Un uso moderno y responsable de los recursos

Los recursos consolidados del FONCOMUN y del FONCOR se destinan estrictamente a inversión pública, bajo un enfoque moderno de gestión.

Se autoriza expresamente su utilización en tres niveles, comenzando por un componente clave que hoy el sistema castiga: gasto corriente habilitante para la inversión.

Esto incluye:

  • estudios de preinversión,
  • expedientes técnicos,
  • supervisión,
  • gestión de proyectos,
  • y operación inicial de la infraestructura.

No más proyectos paralizados por falta de gestión.

Este esquema no recorta recursos al Estado. Compensa y ordena las fuentes que hoy financian la inversión subnacional: recursos ordinarios, operaciones de crédito y parte de los recursos determinados.

La propuesta del plan de gobierno “Primero la gente”

Nuestra propuesta es directa y responsable: dar a los gobiernos regionales y locales una fuente estable, predecible y automática para invertir.

En materia de fuentes de financiamiento, planteamos consolidar el FONCOR y el FONCOMUN como el principal mecanismo de distribución equitativa, y avanzar hacia un esquema simplificado de solo tres grandes fuentes:

  • una fuente consolidada de transferencias territoriales (FONCOR–FONCOMUN–recursos ordinarios),
  • compensando gradualmente el uso de operaciones de crédito,
  • y reorganizando los recursos determinados, como canon, regalías e impuestos prediales.

No se trata de quitar recursos a nadie. Se trata de ordenar el sistema para que funcione mejor.

De cerrar brechas a generar desarrollo

En el uso de los recursos, el cambio es aún más profundo.

Por supuesto que seguiremos cerrando brechas de infraestructura social: agua, salud, educación, carreteras.

Pero el Perú no puede seguir midiendo su política pública solo en número de obras.

Ahora debemos avanzar hacia: cierre de logros territoriales.

No solo más aulas, sino mejores aprendizajes. No solo más camas hospitalarias, sino menos anemia, menos mortalidad, mejor atención.

Y, de manera decidida, hacia inversiones productivas territoriales.

Es momento de cambiar el chip.

Si el Estado puede financiar infraestructura de riego para grandes empresas, también debe poder financiar establos, cadenas de frío, centros de acopio, plantas de transformación, plataformas logísticas e innovación productiva para pequeños productores.

La inversión pública no puede seguir siendo únicamente social. Debe ser también productiva.

Porque el verdadero desarrollo no se mide solo en obras. Se mide en ingresos para las familias, en empleo local, en cadenas productivas regionales y en territorios capaces de sostener su propio crecimiento.

Eso, y no otra cosa, es una descentralización fiscal auténtica.